Los profesores de Saint-Denis (2019)

Las quejas al sistema educativo son sempiternas y trascienden exponencialmente debido a su carácter tan amplio en el espacio y en el tiempo. Mutan en función de la edad, pero ahí siguen, bien como crítica externa o interna, siendo futuro, presente y pasado de nuestras vidas. No son pocas las películas que han abordado desde diferentes puntos de vista los problemas que residen dentro de ese ecosistema de violencia, problemas raciales o historias de amor. La explotación de las cintas de este tipo desde los años 80 han unido y separado a cada uno de los agentes que forman dicho sistema. En este caso, Mehdi Idir y Grand Corps Malade se enfrentan, con un halo de comedia, a la problemática interior de las personas, individuos separados en dos bandos: profesores y alumnos.

Samia (Zita Hanrot) llega a una escuela de complicada reputación en un suburbio de París para ser la directora. Ahí tendrá que lidiar con los problemas recurrentes de la disciplina, la realidad social que pesa sobre la escuela y el vecindario, pero también con la increíble vitalidad y humor de los estudiantes y los demás profesores. 

La película es sincera. Con su sobria realización y un acercamiento a los problemas de los personajes pone sus cartas sobre la mesa al hacer más cercana la distancia entre alumnos y profesores, evidenciando su intención ya con la primera secuencia. Es aquí donde mejor funciona, con la transparencia entre los dos mundos a través de la nueva supervisora y el alumno Yanis (Liam Pierrot), coprotagonista de la cinta. Los personajes se acercan marcando unos límites que invitan al espectador, sin dedo imperativo, a reflexionar y a juzgar sobre el propio sistema, y lo que es más importante, sobre las decisiones y la responsabilidad de cada uno de sus integrantes.

Por los mismos motivos, algunos podrán encontrar la película algo tímida en su forma. Lejana de grandes alardes dramáticos que podemos encontrar en otras cintas, el día a día y las inquietudes, los miedos o las indiferencias, son el propio motor de la película, sostenida por dos interpretaciones muy mencionables como son las de sus dos protagonistas, Zita y Pierrot, especialmente el trabajo de éste último. En el contrapunto, encontramos algún personaje secundiario y alguna de sus tramas secundarias desenfadadas, que buscan esa crítica pero que, con su aspecto caricaturesco, pueden alejarse de ella, sirviendo como complemento cómico, que si bien es cierto, en casi todo momento funciona para continuar ese tono cómico y distendido que se nos ofrece.

Recientemente hablábamos del apoyo musical dentro de las películas en alguno de los programas, y en ocasiones se genera una hipertrofia de la propia banda sonora, que parece parchear antes que contar (con todas las excepciones que existen). En este caso, es agradable que la parte sonora pueda rendir por sí misma y a través de sus propios diálogos, dejando las secuencias musicales para marcar casi extractos dentro de la propia película que marcan los momentos de respiro y enfatizan ciertos aspectos de las propias personas, particularmente bailando con un montaje que ayuda a conectar los dos mundos separados.

Una película correcta y muy fácil de ver, aunque quizás algo tímida en su forma. Pasará con naturalidad por los ojos de los que quieran cojer esa sana reflexión hacia el sistema educativo y con cariño de aquellos que busquen una historia alejada de los oscuros dramas escolares a lo que hemos sido habituados.


Víctor J. Alvarado

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